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II. El enfoque BioMindfulArt

¿Si no es terapia clínica, entonces qué es lo que haces? ¿Es como terapia de arte? ¿Eres profesora de pintura? ¿Eres coach de vida? Yo intento responder lo mejor que puedo y no reírme de la cara de confusión que pone la mayoría tratando de entender lo que hago. Usualmente encuentro la misma respuesta: “interesante”. Y bueno, esa palabra encaja perfecto.


Honestamente, sin querer sonar insolente, hace un tiempo dejé de darle importancia y empecé a aceptar con amor el título que me quieran poner. Si me quieren decir psicóloga, artista, coach, profesora, y hasta loca, lo acepto con amor. Si un título les da paz, me da paz a mí también. Entiendo la necesidad de tener que definir quiénes somos con un título, pues yo vivo haciendo pausas cada vez que mi cerebro hace juicios automáticos y categoriza a la gente en cajitas que me invento. Aunque lo entienda, y la idea de este blog sea tratar de explicar mi enfoque con la pasión y el amor que siento por él, es muy complejo que una palabra o un título defina todo lo que hago en BioMindfulArt, que es el resultado de muchas cosas que soy y de mi historia.


Y empiezo por ahí, soy María José, y soy muchas cosas, entre esas, psicóloga. Estudié psicología y biopsicología en Colombia y Estados Unidos. Creé BioMindfulArt porque con este enfoque puedo sentirme libre de ser yo y no tener que limitarme a servir a las personas como dicen los libros. Y no tengo nada en contra de la ciencia o la educación, lo que me conflictúa es el tener que seguir al pie de la letra lo que una disciplina ha establecido como única verdad. Ese conflicto lo he tenido con muchas cosas, en especial con la psicología clínica, los diagnósticos, la evidencia científica, la farmacología, la medicina tradicional y hasta el método científico. 


Amo aprender y estudiar psicología clínica, pero nunca he podido sentirme 100% alineada a ella. En mis últimos años de universidad en Colombia, mis compañeros y profesores intentaron persuadirme de elegir mi práctica profesional en clínica, pero estaba en guerra con la idea, algo me decía que lo mío no iba por ahí. Además, tenía la creencia limitante de “los psicólogos se mueren de hambre, elige organizacional.” Y eso fue lo que hice. 


Trabajar en Marriott fue una de las decisiones más significativas de mi vida. Durante mucho tiempo lo consideré un error, pero hoy lo agradezco y veo cómo esa decisión me llevó a mudarme a Estados Unidos, a decirle no al mundo corporativo, a cuestionarme cómo quería vivir mi vida, qué personas quería tener cerca y cuál es realmente el sentido de elegir una profesión y trabajar para sobrevivir. Necesitaba entender la planeación estratégica en la vida real, la estructura y los estándares del mundo corporativo, que también me conflictúa, pero tengo un profundo respeto y compasión hacia quienes eligen ese ecosistema y encuentran una forma saludable de evolucionar dentro de él.


Lo que más le agradezco a Marriott, y a las personas que hicieron parte de ese proceso, es que descubrí mi amor por el entrenamiento. A los pocos meses de iniciar en Marriott como practicante, asumí el rol de profesional de capacitación. Sin tener idea de lo que estaba haciendo, aprendí a preparar presentaciones e implementar entrenamientos. Claramente no tenía la seguridad que tengo ahora, pero sí la valentía de asumir el reto y la responsabilidad sin estar lista. Todo para entender que uno siempre está listo para lo que la vida y Dios quieren que uno aprenda.


Nada es casualidad. Yo tenía que aprender cómo se diseñaba un plan de entrenamiento y cómo se implementa. Tenía que aprender a preparar temas, hablar frente a grupos, estructurar ideas, guiar procesos humanos y entender la importancia de crear y proponer. Varios años después, entendí que la vida me estaba entrenando para crear mi propio método y tener las herramientas para liderar mis propios talleres.


La mejor forma que encontré de resolver el conflicto que sentía por la psicología organizacional y la clínica fue mezclarlas y crear mi propio enfoque. Un enfoque que envolviera todo lo que me apasiona y pudiera integrar las cosas positivas de diferentes áreas que, a mi juicio, pueden ser útiles para un proceso terapéutico. Entonces fusioné lo que había aprendido de entrenamiento, planeación, psicología clínica, psicología positiva, arte, biología y espiritualidad en un solo enfoque. Y sí, sí se puede tener todo a la vez; las limitaciones las ponemos nosotros.


Lo primero que explico antes de agendar una sesión es que yo no evalúo, no diagnostico, ni medico. No hago pruebas psicotécnicas, tests, quizzes, ni tres días en una oficina para decirte si tienes TDAH, depresión o ansiedad. Entiendo que un diagnóstico puede dar paz y claridad a algunos, pero también puede dar a otros unas gafas “color diagnóstico” para construir su identidad a partir de ahí y buscar toda la información que les confirme que son “ansiosos” o “depresivos”. No le digo a la gente lo que su síntoma significa en términos clínicos o diagnósticos, ni siquiera hago que se enfoquen en el síntoma; lo que intento es usar mi conocimiento en psicología clínica para encontrar la raíz de las emociones que las personas expresan y aplicar la psicología positiva reconociendo los recursos que la persona tiene para generar su propia transformación.

  

Lo segundo que explico es que el trabajo conmigo es un proceso de transformación completo. El cuerpo y la mente no funcionan como máquinas aisladas, y ahí entra la biología. Yo no soy médico, pero no necesito serlo para estudiar y entender cómo la comida, la exposición a la luz solar, el movimiento físico, el sueño, la hidratación, el uso de drogas y sustancias, y las múltiples toxinas modernas impactan el cerebro. La biopsicología me ayudó a entender las reacciones bioquímicas que explican esta relación mente-cuerpo, pero han sido años de trabajo personal para de verdad comprender que el mundo físico no está aislado del mundo espiritual, así que la transformación debe ser simultánea. 


Acabo de mencionar el mundo espiritual, algo con lo que muchos entran en conflicto, y lo entiendo. El mundo espiritual del que hablo no necesariamente tiene que ver con religión; aunque para algunas personas el trabajo personal basado en sus creencias religiosas les ayuda a encontrar sentido. La espiritualidad en mi enfoque significa conexión, y esa conexión algunos la llaman intuición, energía, naturaleza, universo, Dios, ángeles, etc. La espiritualidad la exploramos desde el poder que cada uno tiene de conectar con su cuerpo, su mente, y para los que creen, con su espíritu. Y ahí entra el arte, la meditación, la oración y todas las herramientas de mindfulness para empezar por lo primero: estabilizar el sistema nervioso.


La gente usualmente busca ayuda terapéutica con la ilusión de que alguien le diga qué hacer, qué es lo que tiene que cambiar, qué tiene que resolver y cómo puede dejar de sentir lo que está sintiendo. Lo cierto es que esas respuestas no las tiene tu psicólogo, las respuestas las tienes tú, y solo silenciando el ruido de afuera se logra oír las respuestas que están en la incomodidad de viajar hacia adentro. Por eso el arte, la meditación, la oración y el mindfulness son necesarios para pausar, subirle el volumen a la intuición, oír al cuerpo, conectar realmente con las emociones y balancear el sistema nervioso. Un sistema nervioso sano es un espejo de bienestar, ese es el reto.  


El mayor reto profesional que enfrento cada vez que inicio un proceso con alguien es reconstruir su sistema nervioso y aprender a pausar para procesar lo acumulado. Esto implica el diseño de un entrenamiento único y flexible sujeto al tiempo, ritmo y expectativas de la persona. El entrenamiento es un proceso de co-creación donde yo simplemente acompaño a la persona en su transformación. No es un plan fijo, porque en la vida todos los planes pueden cambiar. Mis sesiones no tienen un guion, ni siempre se hacen en la oficina. Tampoco me gusta poner la alarma, especialmente en las primeras sesiones cuando uno llega con el alma que se explota y necesita un espacio de calma, no de afán.

 

Soy la psicóloga que manda a la gente a moverse, tomar agua con electrolitos, comer proteína, tomar el sol, bailar, etc. El haber sido estudiante, cliente y paciente me hizo buscar un método que me permitiera disfrutar mi profesión y aplicar todo lo que he aprendido de una forma divertida y alineada a mis valores. Y este enfoque no lo creé solo por diversión, nació porque yo misma lo he intentado todo: terapia, dietas, ejercicios, meditaciones, oraciones, dejar el azúcar, suplementos, pintar... La lista de todo lo que he experimentado en el tema de salud y crecimiento emocional es larguísima. Entre tantos intentos he llegado a varias conclusiones, que no considero la única verdad; siempre estoy abierta a cuestionarlas.


La primera es que la terapia clínica clásica de sentarse a hablar no está diseñada para todo el mundo y no siempre es suficiente para transformar patrones y estabilizar el sistema nervioso. Segundo, ni la dieta más limpia, ni el ejercicio que quema más calorías, ni dormir ocho horas diarias son suficientes si vives con el sistema nervioso en estado de supervivencia permanente. Tercero, necesitamos aprender e interiorizar los conceptos antes de transformarlos, y no todos aprendemos de la misma forma, no todos creamos el mismo tipo de arte y no a todos nos funciona el mismo plan. Entendí que no es necesario forzar porque lo que no sale en palabras puede salir a través del arte y la exposición a la naturaleza, y volver a lo básico y simple abre la puerta a la comprensión de lo complejo y doloroso. Lo último que entendí a la fuerza y que tuve que estudiar para encontrarle un sentido “lógico”, es que cuando ya lo has probado todo y sigues cayendo en el mismo túnel, la espiritualidad es el arma más poderosa para barrer lo último que queda, conectar y lograr fluir.


Sigo llegando a más conclusiones, aprendiendo y desaprendiendo todos los días; pero de todo lo anterior, y muchas más historias, búsquedas y experiencias, nació BioMindfulArt: un enfoque que sigue transformándose con cada paso que doy. Podría seguir explicándolo con más párrafos de historia y aprendizajes, pero prefiero dejarlo como lo que es: el inicio visible de un proceso vivo. Y como no hay una sola palabra específica para describirlo, quise darles un contexto que no pretende ser suficiente, pero sí dar un poco de luz.  



Mil gracias por leer

Maria Jose Tovar

 
 
 

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